El estadio abandonado

El estadio abandonado

El otro día recibí una llamada un tanto extraña. Era mi abuelo invitándome a pasar unos días con él en su cabaña que tiene a la orilla de la playa.

Se me hizo raro, pues él no es de los que acostumbran invitar a nadie a casa, y menos si no hay un motivo especial para ello. No obstante, como me la paso muy bien allá, no lo dudé ni un minuto y fui rápidamente a comprar mi boleto de autobús.

Ocho horas más tarde, ya estaba afuera de su casa. Llamé a la puerta y el rápidamente salió a recibirme:

– Hola ¿cómo te fue de viaje?

– Muy bien abuelo, desde que arreglaron los caminos, el autobús hace mucho menos tiempo. Le respondí.

– Bueno, porque no dejas tus cosas y te cambias para que podamos ir a cenar un rico cóctel de camarón.

– Me parece magnífico. Nada más me doy una ducha y nos vamos.

Nos subimos al automóvil y tomamos la calle principal del pueblo, ya que ésta conduce a la zona turística que es donde se encuentran los mejores restaurantes de mariscos.

– Oye abuelo, por cierto, te quería preguntar una cosa desde la última vez que vine acá. Pero por una u otra razón, se me olvidó hacerlo.

– Dime.

– ¿Porque el estadio de fútbol soccer está abandonado?

– Ay hijo, este es uno de los cuentos de terror escalofriantes que estoy seguro nunca vas a olvidar.

Lo que pasó con eso fue que el gobernador quiso abaratar costos, por lo que para la obra se compraron materiales de ínfima calidad, lo que hizo que muchos de los trabajadores tuvieran accidentes mortales. De hecho se dice que en los cimientos del estadio, descansan cientos de cuerpos humanos.

– ¿Y las familias de los deudos a poco se quedaron con los brazos cruzados?

– No fue tal y como tú lo pintas. Simplemente no hicieron nada en contra del gobernador, por miedo de las represalias que pudieran llegar a sufrir. Mira es más, para que te convenzas vayamos afuera del estadio y tú me dices que escuchas.

En efecto, mi abuelo me llevó hasta la entrada principal del inmueble deportivo, en donde se podían escuchar claramente voces que emergían del estadio. Sin embargo, no eran los cánticos de una afición, sino gritos y lamentos aterradores.

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